Después de mucho tiempo, la
verdad asomó por su forma más perfecta. La vi venir hacia mí engalanada de la
piel más tersa, suave y estrellada, una piel que jamás había visto, tocado u
olido. Estaba frente a mí, tan verdadera y real que el dolor de su presencia
había que soportar valientemente. La vi delante de mí, como mujer, como quien
era en verdad, tan real que en el silencio y escondida detrás de su historia, ocultaba la
mirada de ser y de estar ella misma conmigo. La vi, la llamé, le dije todo, no
la olvidé y aunque no sé el por qué, eso no me interesa.
Al momento dejó de existir el
alrededor y he aquí, solo y en la noche recordando.
Ella nunca fue mía, menos de
nadie, la verdad de verdadera forma asomó entre sus pechos, y la vi nuevamente
para ser observada. Ella no era de nadie, la viví y morí por ella, pero aún no
era de nadie. Tomé con mis manos las suyas, me entregué a su mirada, buscando
respuestas de preguntas que no había hecho. La vida escapó por mis poros,
resumí mis lamentos de existencia entre sus piernas. Llegué a la muerte y
sonreí: ella no es de nadie.
La verdad que se asomaba por su
espalda estrellada, era tan real, que ni el sueño pudo despertarme.