Ciertamente, es verdad. Tú eres
una persona especial. Lo digo por la forma en que tomas un té, lo llevas hacia
tu boca y lo tratas de enfriar juntando tus labios como si de un beso se
tratara, y soplas tu aliento dejándolo caer sutil, pero firme, sobre la
superficie caliente de esta infusión. La revuelves y agitas emitiendo el sonido
característico y clásico de campanilla llamando la atención con un ritmo
constante y sonoro. Todo esto para mezclar el sabor del endulzante con lo
amargo del té. Luego, lo pruebas, acercando la cuchara hacia tu boca,
nuevamente, como si de un beso se tratase, lo alejas, soplas nuevamente, y lo
acercas al interior de tu boca donde el líquido se nota deslizar hacia tu garganta, dónde lo veo ser tragado en un gesto que pasa por tu cuello. Todo esto, mientras un instante después
me doy cuenta que ya no estás. Tú y tu mirada, esa mirada: se ha perdido en
lugares donde la vida se ha ocultado de luces y sombras; se ha ocultado de mí; se ha ocultado dónde
la mágica cuenta del tiempo se desvanece y éste - a la vez - parece que se detiene, se hace humo y, luego de todo ello, caes con un certero movimiento y vuelves en tu espacio, me miras y sonríes como si
hubieses estado en un largo viaje el cual acabas de terminar. Lo digo, además,
por tu particular forma de hablar, esa que al pasar el aire por tus cuerdas
vocales haces emitir… esos… esos sonidos, tus sonidos, tus palabras, tus frases, oraciones y canciones que escucho de vez en
cuando atravesando el espacio que hay entre tú y yo hasta mi oído. Por cierto, no
olvido tu caminar, ese que al mover tus pies uno hacia adelante, luego el otro, en conjunto con una
flexión de rodillas que permite que estés cerca o lejos cuando así lo deseas, me doy cuenta cuánto eres de especial.
Por cierto, cuán especial eres que para escribir esto, tuve que pensarte, imaginarte y olvidarte.
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